Comparto aquí el escrito de don Juan E. O’Leary referido al sanlorenzano Saturio Ríos, en El Libro de los Héroes:
RIOS
Hace diez y siete años conocí a este hombre.
Era ya entonces un fantasma, una sombra doliente en medio de vosotros. La gran noche había caído en su espíritu, y, agobiado por su infausto destino, sobrevivía, para ser un inmenso dolor encarnado en un hombre o algo así como el engendro real de una extraña pesadilla.
Lo vi una vez pasar. Ignoraba quién era. Pero su gran cabeza pensadora y su porte majestuoso en su inconciencia, llamaron poderosamente mi atención, no dudando que en aquel harapo humano habría algo más que su desgracia.
¿Quién era? No me costó saberlo.
Sí. Era Saturio Ríos, el artista que paseó su juventud en las calles de París, y supo un día de las angustias supremas del patriotismo desesperado.
Y, a pesar de todas las prevenciones, llegué hasta él, penetrando en aquel su ruinoso tugurio, que todos recordaréis, donde vivía ¡si aquello era vivir! en la miseria más desoladora, acompañado de las avispas fraternales que decoraban techos y paredes, alegrando con su vuelo cordial la inmensa soledad de su existencia.
Le hablé, le recordé su pasado, evocando las horas gloriosas del holocausto nacional y pasando revista a los grandes hechos que ilustran nuestra historia.
¡Ah, bien lo recuerdo! El héroe me escuchaba atentamente, y como si mis palabras tardaran en llegar a su alma, al cabo de un largo rato movía su cabeza, repitiendo con una especie de íntimo asombro, algunas de las cosas que le decía.
Cuando pronuncié el nombre del Mariscal López, sus ojos se abrieron, sus pupilas se ensancharon y clavó en mí sus miradas.
Desde las profundidades del tiempo, la sugestión obraba su milagro, poniendo un rayo de luz en el fondo de su oscura conciencia. Y su lengua se desató, como si cayera sobre él una inesperada claridad o como si despertase de un largo sueño.
Quizá dudaréis si os digo que de sus labios escuché verdaderas revelaciones y que a él le debo la clave de muchas dudas que me torturaban.
Le habéis conocido inconsciente, huraño, hosco, parco en el hablar, reacio al contacto de los demás, y os ha de ser difícil creer que conmigo fue comunicativo, teniendo visible placer en responderme, refiriéndome cuanto sabía.
Nunca olvidaré la impresión que me causó la relación que me hizo de la batalla del Sauce, entrevista por él desde Paso Pucú, a través de los despachos que recibía del teatro de operaciones.
Su memoria era tan feliz que recordaba el texto de las órdenes transmitidas desde el cuartel general, y hasta la arenga con que el Mariscal López saludó alborozado la victoria de nuestras armas.
Alargando las palabras y dándoles un tono solemne, repetía cuanto quedó clavado en su memoria, desde hacía cincuenta años, mientras sus miradas parecían perderse en remotas lejanías, en pos de aquellos recuerdos que retoñaban de nuevo en medio de la noche en que vivía…
En fin, señores, perdonadme si apenas atino a daros mis impresiones personales.
Por lo demás, ¿qué os diría de su figura histórica que no os fuera familiar?
Saturio Ríos es un héroe nacional sobresaliente, cuya actuación no ocupa por cierto un lugar oscuro en nuestra Epopeya.
Artista y soldado, fue también un reasunto viviente del poderoso ingenio de nuestra raza. Después de haberse consagrado a la pintura, en los días de paz, hubo de empuñar las armas en las horas trágicas en que el Destino puso a prueba nuestras energías y el temple de nuestro patriotismo. Y las necesidades de la guerra lo improvisaron telegrafista y hasta inventor, debiéndosele, como sabéis, un admirable aparato, que sustituyó con ventaja al aparato Morse, escaso en nuestro ejército.
Con deciros que fue agraciado con los galones de teniente honorario y que sobre su pecho lució alguna vez la estrella de oro de los Caballeros de la Orden del Mérito, os daréis cuenta de sus títulos excepcionales.
Y para completar su gallarda personalidad, hay que agregar todavía que el guerrero fue también un hombre gentil, culto y distinguido, que hablaba varias lenguas y poseía una sólida instrucción.
Diputado nacional después de la catástrofe, estaba llamado a una brillante figuración, cuando le sorprendieron las sombras en mitad de su camino.
Herido en el corazón por uno de esos dolores que agotan las fuentes de la energía vital, no cayó en los brazos de la muerte, pero sí en los abismos insondables en que se apagan todas las luces interiores, para dar paso al gran silencio que llega, paralizando el cerebro y enmudeciendo la voluntad.
Lo demás ya no fue sino la tragedia de un fantasma, la vía crucis de una vida que ha dejado de serlo, la inmensa tristeza de un infortunio encarnado en un hombre, paseándose en medio de la cruel ingratitud de un pueblo.
Y aquí termina la odisea de su vida, como ha de terminar la nuestra, a pesar de todas las vanidades que nos roen y de la aparente felicidad que nos enorgullece.
La tierra va a recibir sus despojos mortales, la miseria de su ser, el estrecho teatro en que se desarrolló el drama espantoso de su martirologio.
Pero, entre tanto, sobre nuestras cabezas flota su espíritu, y mientras muchos de nosotros pasaremos, sin dejar rastro, en verdad os digo que este hombre no morirá en la memoria del pueblo paraguayo!.
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