Han pasado 155 años, este 1 de marzo se recuerda el fin de la guerra más extensa y dolorosa jamás librada en suelo sudamericano. Fue el 1 de marzo de 1870, en las inmediaciones del Cerro Corá, a orillas del río Aquidabán, que fue derrocado el dictador Francisco Solano López, entonces jefe de Estado y comandante supremo del Paraguay, poniendo fin formalmente al conflicto iniciado a finales de 1864 entre el Imperio brasileño y posteriormente la República Argentina y Uruguay (unidos en la llamada Triple Alianza) contra el gobierno paraguayo.
La tradición histórica brasileña atribuye al soldado imperial José Francisco Lacerda, conocido como "Chico Diabo", el golpe final que victimizó a López, después de que ya fuera herido en combate. Tal episodio, aunque envuelto en documentales desnudos de narrativas de guerra, se convirtió en un símbolo del resultado de una campaña que consume años, recursos y, sobre todo, vidas humanas a una escala devastadora. La Guerra de Paraguay movilizó a decenas de miles de combatientes, exigió enormes esfuerzos financieros del Imperio brasileño y dejó profundas marcas en la organización militar y política de la región. Para Paraguay, el conflicto ha significado una catástrofe demográfica y económica de proporciones extraordinarias que llevaría generaciones recuperarse.
La conducta personal e inquebrantable de Solano López, a menudo señalada por la historiografía como un factor determinante en la persistencia del conflicto incluso ante derrotas sucesivas, sigue siendo objeto de análisis crítico. Mientras tanto, si la historia compite por examinar responsabilidades políticas y estratégicas, la memoria debe inclinarse con respecto a los fallecidos: brasileños, paraguayos, argentinos y uruguayos; soldados anónimos, oficiales, civiles afectados por la inexorable marcha de la guerra.
Que esta fecha no se evoque para exaltar antagonismos, sino para recordar la fragilidad de las naciones cuando son sometidas al impulso de las armas. A la sombra de Tuiuti, Humaitá, Lomas Valentinas y finalmente Cerro Cora, se encuentran no sólo luchadores, sino que interrumpieron proyectos de vida. Que el solemne recuerdo de este 1 de marzo inspire, sobre todo, conciencia histórica y aprecio por la paz entre la gente de Cono Sul.
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